Hay algo que me pasa seguido en el estudio. Entra una alumna nueva, me dice que la mandó el médico, la psicóloga, o que llegó sola después de mucho tiempo buscando algo que la ayude con la ansiedad. Y yo asiento, le pregunto cómo está hoy, y ya sé más o menos lo que va a pasar al final de la clase.
Cuando llegue savasana, va a ser la más inquieta de la sala.
Lo digo sin juicio, porque lo entiendo. Y porque me llevó tiempo entender por qué.
Hay algo paradójico en la ansiedad y el yoga que no se suele decir en voz alta: las personas que más necesitan quietarse son las que más trabajo tienen para quedarse quietas. No porque sean difíciles ni porque no quieran. Sino porque lo que noto, clase tras clase, es que el cuerpo muy activado parece resistirse a la quietud repentina, como si la interpretara como una amenaza en lugar de un descanso.
Pedir silencio a un cuerpo que llegó corriendo, con la cabeza llena, sin haber descargado nada todavía, no funciona. O funciona superficialmente. La persona está acostada pero no está descansando. Está aguantando.
No sé si le pasa igual a todas. Pero en mi experiencia, eso es lo más común.
Desde hace varios años, cuando llega alguien con ansiedad marcada, no empiezo por la respiración sentada. Empiezo por mover la columna.
Cat-cow. Algo que fluya. Algo que pida atención pero no esfuerzo. El motivo es simple: el movimiento ocupa la mente de otra manera. Cuando el cuerpo está haciendo algo, la cabeza no tiene el mismo espacio para dar vueltas. Es como si el movimiento fuera capturando esa energía nerviosa que llegó sin destino.
Después de unos minutos de eso, noto que la respiración empieza a cambiar sola. No porque lo pida yo, sino porque el cuerpo encuentra el ritmo. Ahí sí agrego la exhalación larga, el pausar al final del aire. Eso es lo que parece hacer más diferencia, en mi observación. No las posturas en sí, sino la respiración que acompaña.
Las posturas de pie, con equilibrio, también ayudan por otro motivo: obligan a prestar atención al cuerpo en el momento. Es difícil pensar en lo que tenés pendiente cuando estás tratando de no caerte.
Cuando llega savasana, ya pasó bastante. El cuerpo se movió, la respiración se asentó, la atención estuvo ocupada en algo concreto. Entonces la quietud no llega de golpe ni de la nada. Llega como consecuencia.
Igual, para algunas alumnas con ansiedad muy presente, les propongo algo diferente: una manta bajo las rodillas, un cojín bajo el cuello, quizás no acostarse boca arriba sino de costado. A veces un poco de música suave en lugar de silencio total. No hay una versión correcta. Hay la versión que permite que el sistema nervioso no se asuste.
Lo que aprendí —y sigo aprendiendo— es que el yoga no le quita la ansiedad a nadie. No es lo que hace. Lo que puede hacer, en mi experiencia, es darle al sistema nervioso un camino para transitar. De la activación a la calma. Pero con pasos. No de un salto.
Si tenés ansiedad y te cuesta empezar, eso no significa que el yoga no sea para vos. Capaz significa que necesitás una entrada diferente.
