En nuestros encuentros semanales se puede ir viendo quienes necesitan mas tiempo y quienes se concentran con facilidad. Es importante respetar esos tiempos pero hacerles entender que todo debe ir con calma y observar día a día nuestra forma de expresar nuestras emociones. Luego de un tiempo se cada uno de los alumnos recibirá su fruto. El primer paso es trabajar la quietud del cuerpo para ir cambiando la estructura que nuestros pensamientos. Todo esta relacionado y gracias a poder visualizar nuestras emociones como pensamientos podemos comenzar una nueva etapa. La etapa de fortalecer vínculos sanos, pensamientos positivos y lo mas importante estar en el presente para vivir plenamente y en paz mentalmente. Un ejemplo de que todos podemos estar pasando por lo mismo:
Pedir silencio a un cuerpo que llegó corriendo, con la cabeza llena, sin haber descargado nada todavía, no funciona. O funciona superficialmente. La persona está acostada pero no está descansando. Está aguantando. Desde hace varios años, cuando llega alguien con ansiedad marcada, no empiezo por la respiración sentada. Empiezo por mover la columna.
Algo que fluya. Algo que pida atención pero no esfuerzo. El motivo es simple: el movimiento ocupa la mente de otra manera. Cuando el cuerpo está haciendo algo, la cabeza no tiene el mismo espacio para dar vueltas. Es como si el movimiento fuera capturando esa energía nerviosa que llegó sin destino.
Después de unos minutos de eso, noto que la respiración empieza a cambiar sola. No porque lo pida yo, sino porque el cuerpo encuentra el ritmo. Ahí sí agrego la exhalación larga, el pausar al final del aire. Eso es lo que parece hacer más diferencia, en mi observación. No las posturas en sí, sino la respiración que acompaña.
Las posturas de pie, con equilibrio, también ayudan por otro motivo: obligan a prestar atención al cuerpo en el momento. Es difícil pensar en lo que tenés pendiente cuando estás tratando de no caerte.
Cuando llega savasana, ya pasó bastante. El cuerpo se movió, la respiración se asentó, la atención estuvo ocupada en algo concreto. Entonces la quietud no llega de golpe ni de la nada. Llega como consecuencia.
Igual, para algunas alumnas con ansiedad muy presente, les propongo algo diferente: una manta bajo las rodillas, un cojín bajo el cuello, quizás no acostarse boca arriba sino de costado. A veces un poco de música suave en lugar de silencio total. No hay una versión correcta. Hay la versión que permite que el sistema nervioso no se asuste.
Lo que aprendí —y sigo aprendiendo— es que el yoga no le quita la ansiedad a nadie. No es lo que hace. Lo que puede hacer, en mi experiencia, es darle al sistema nervioso un camino para transitar. De la activación a la calma. Pero con pasos. No de un salto.
Si tenés ansiedad y te cuesta empezar, eso no significa que el yoga no sea para vos. Capaz significa que necesitas una entrada diferente.
