Hace unos meses me di cuenta de algo que debería haberme resultado obvio mucho antes.
Estaba mirando a las alumnas al final de la clase, en el momento de savasana, cuando les pido que dejen ir el esfuerzo y se queden simplemente ahí. Y vi las manos. Una tenía los dedos estirados con rigidez. Otra tamborileaba suavemente sobre el piso. Otra apretaba la tela del pantalón sin darse cuenta. Nadie sabía qué hacer con ellas.
Nunca se los había enseñado. Y yo nunca me había preguntado si era necesario.
Empecé a cerrar las clases con el Padma mudra, el mudra del loto. Es un gesto sencillo de explicar: llevás las palmas al centro del pecho como en Namaskar, unís los pulgares entre sí y los meñiques entre sí, y abrís los tres dedos del medio hacia afuera, como una flor que se abre. Las bases de las palmas se tocan. Las manos forman una especie de copa.
Lo primero que noté, en mi propia práctica, fue que el gesto te obliga a prestar atención a las manos. No podés sostenerlo en automático. Esa pequeña demanda de presencia interrumpe el ruido interno de una forma que a mí me sorprendió.
En mis alumnas noté —no sé si es igual para todas— que el silencio al final de la clase cambió de calidad. Antes había un silencio un poco incómodo, como de "¿esto terminó ya?". Ahora hay algo más parecido a un cierre. El gesto le dice al cuerpo: esto termina, ahora hay silencio. No sé si lo explico bien. Es como encender una vela al empezar: no por magia, sino porque el cuerpo aprende a leer señales.
Los mudras llevan siglos dentro del yoga. En la tradición, cada posición de dedos tiene un nombre, un símbolo, un propósito. El Padma en particular se asocia al corazón y al loto: esa imagen de la flor que nace del barro y emerge limpia. No lo digo como verdad espiritual que tenés que creer para que funcione. Lo digo como imagen que me parece hermosa y que, en mi experiencia, ayuda a las alumnas a entrar en el gesto con más suavidad.
Lo que me resulta curioso —y a veces me incomoda— es que cuando el yoga llegó a occidente, los mudras quedaron afuera. Las asanas se podían fotografiar, se podían vender, se podían poner en una clase de fitness. Los mudras no. Exigen presencia sostenida, no esfuerzo físico visible. Y en una cultura que valora lo que se ve, eso los dejó en segundo plano.
No estoy diciendo que los mudras curen nada ni que activen nada en sentido médico. No tengo forma de saber eso ni me parece honesto afirmarlo. Lo que sí puedo decir, desde lo que vivo en el estudio, es que son el eslabón que más se omite y que más falta hace.
Si te da curiosidad: la próxima vez que estés al final de tu práctica, antes de levantarte, probá llevar las manos al Padma mudra y quedarte ahí tres respiraciones. Sin esperar nada. Sin medir si algo pasa.
Puede que las manos encuentren, por fin, un lugar donde estar.
